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jueves, 20 de septiembre de 2007

La música de la vida

La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido (Leonard Bernstein)

Era una vez un gran violinista llamado Paganini.

Las notas mágicas que salían de su violín tenían un sonido diferente, por eso nadie quería perder la oportunidad de ver su espectáculo.

Una cierta noche, el palco de un auditorio repleto de admiradores estaba preparado para recibirlo.

La orquesta entró y fue aplaudida. El maestro fue ovacionado.

Mas cuando la figura de Paganini surgió, triunfante, el público deliró. Paganini coloca su violín en el hombro y lo que se escucha es indescriptible.

Breves y semibreves, fusas y semifusas, corcheas y semicorcheas parecen tener alas y volar con el toque de sus dedos encantados.

De repente, un sonido extraño interrumpe el solaz de la platea.

Una de las cuerdas del violín de Paganini se rompió. El maestro paró. La orquesta paró. Pero Paganini no paró...

Mirando su partitura, continúa arrancando sonidos deliciosos de un violín con problemas.

El maestro y la orquesta, exaltados, vuelven a tocar. Antes de que el público se serenara, otro sonido perturbador derrumba la atención de los asistentes.

Otra cuerda del violín de Paganini se rompe.

El maestro paró nuevamente. La orquesta paró nuevamente... Paganini no paró.

Como si nada hubiese sucedido, él olvidó las dificultades y avanzó sacando sonidos de lo imposible.

El maestro y la orquesta, impresionados, volvieron a tocar.

Pero el público no podría imaginar lo que estaba por suceder...

Todas las personas, atónitas, exclamaron "Ooohh"... Una tercera cuerda del violín de Paganini se rompe.

El maestro se paralizó... La orquesta paró. La respiración del público se detuvo... Pero Paganini continuó.

Como si fuese un contorsionista musical, arranca todos los sonidos de la única cuerda que sobrara de su violín destruído. Ninguna nota musical fue olvidada... El maestro se anima... La orquesta se motiva.

"La música de la vida" (Autor desconocido)

martes, 11 de septiembre de 2007

El mayor espectáculo del mundo

El mayor espectáculo es un hombre esforzado luchando contra la adversidad; pero hay otro aún más grande: ver a otro hombre lanzarse en su ayuda (Oliver Goldsmith)

"¡Señores y señoras! ¡Niños y niñas! ¡Dentro de poco, llegará el mayor espectáculo jamás soñado!"

Los murmullos de los "lugareños" empezaron a ser sustituidos por risas de incredulidad y miradas curiosas que dudaban de que eso fuera posible, pero sin atreverse a marchar de allí.

"¡Serán dos horas inolvidables!" - continuó el hombre envuelto en una negra y gruesa capa de piel de ante- "¡Escucharéis las mejores canciones, oiréis los mejores cuentos, seréis testigos de la mejor magia, y todo ello, para un fin benéfico! ¿No es estupendo, ahora que se acerca la Navidad?"

Las palabras de aquel curioso personaje, fluían como si toda la vida hubiera estado haciendo eso, y el populacho empezó a embelesarse por todo lo que decía. Habiendo captado la atención de la mayoría, elevó la voz en ciertos puntos de su discurso para enfatizar, y susurró otras palabras para adornarlo con un halo de misterio.

"..., y lo mejor de todo" - continuó diciendo ese extraño personaje - "no hay que pagar por entrar, tan solo..., disfruten..., déjense llevar..."

Todo el pueblo rompió en aplausos al término de la última palabra. Todo el pueblo, menos una niña que estaba castigada en casa por haber desobedecido a sus padres. Ella estaba encerrada en casa, limpiando los suelos, ordenando los papeles, y preparando la comida para cuando llegasen sus padres. Y para eso, quedaban, exáctamente, dos horas...

La luz, dentro de la carpa era débil, llenando la concurrida sala con un halo de misterio. En el centro de la estancia, un pequeño escenario y en él, de pie, el extraño hombre esperaba paciente a que la última de las personas entrara. No le hizo falta pedir silencio. El silencio, era lo único que se podía oír.

El exterior de la majestuosa carpa, estaba llena de colores, todo lo contrario del interior, pero eso, la niña no lo sabía, y veía la carpa con unos ojos llenos de ilusión. No se había encontrado a nadie por las calles, las tiendas estaban cerradas, las calles vacías..., o mejor dicho, estaban desiertas. El único ruído que ella podía oír, era el de sus pisadas y su acelerada respiración por los nervios de haberse escapado de su casa y estar llendo a ver el espectáculo de forma clandestina.

Los aplausos rugieron para dar la bienvenida al cuenta-cuentos, aplausos que cesaron al instante cuando un fauno se presentó ante ellos. Entre perplejos y atemorizados, incrédulos y dubitativos, bastó la primera de las frases del fauno, para que cada uno se dejara envolver en sus palabras sin vía de escape. El cuenta-cuentos narró un cuento que cada uno lo escuchaba a su manera y en cada uno se iba originando un sentimiento de ira, envidia, egoísmo, celos..., pero todos los sentimientos eran negativos y éstos iban creciendo sin parar...

La segunda actuación corrió a cargo de la cantante. Antes de salir a escena, entre bastidores, empezó a cantar. El dulce sonido que salía de su garganta hipnotizaba a cuantos estaban escuchando. Al dejarse ver, todos vieron a una sirena. Tarde. Ya estaban atrapados.

La pequeña Sónidra, al llegar a la carpa, fue consciente de que no había nadie que vigilara la entrada, así que, con decisión, atravesó el largo pasillo hasta desembocar en la última fila de asientos y sus pupilas se dilataron por lo que estaba viendo en el escenario.

De las sombras, surgió un unicornio gris, el mentalista, el cual, mientras la sirena cantaba, iba absorviendo cada pensamiento positivo, cada recuerdo alegre del populacho.

Y se oyó un grito: el de la niña.

El mentalista rompió su concentración, la sirena se quedó muda, y cuando el fauno apareció para contarle un cuento, nada malo había dentro de Sónidra para que surgiera de ella. Y los tres se arrodillaron ante la pequeña. Se había roto el hechizo que el pregonero mantenía sobre ellos, y que sólo lo podía romper alquien que creyera realmente en estos personajes y les estuviera viendo a los tres juntos.

Sónidra era la única que seguía creyendo en esos personajes, ya que leía a escondidas "libros prohibidos" según la sociedad, y gracias a ello, la sirena, el fauno y el unicornio volvieron a ser conscientes de sí mismos. El pregonero, que resultó ser una polilla gigante, logró escapar, mientras no dejaba de maldecir a la niña.

Desde entonces, se volvieron a permitir los libros prohibidos, llenos de magia y fantasía. Aun así, a la niña no se le levantó el castigo...

"El mayor espectáculo del mundo", de Acus.

Dedicado A Las Niñas De Tanhäuser, Sonia y Sandra.

domingo, 1 de abril de 2007

Sueño

Ves cosas y dices,"¿Por qué?" Pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, "¿Por qué no?" (George Bernard Shaw)

Con cierta timidez, me acerqué a ella. Quería decirle tantas cosas, que mis palabras se tropezaron mientras saltaban a la comba con mis cuerdas vocales. Afortunadamente, el colchón de espuma de mi lengua frenó la caída, y absorto, me quedé observándola con doloroso mutismo.
Giró su cabeza hacia mí, sonrió para apaciguar mis nervios, acarició con su mano mi mejilla con tanta delicadeza..., y una lágrima escapó de sus ojos.

- ¿Estás seguro de que quieres estar conmigo? - preguntó susurrando miel de sus labios.

- ¡Es de lo único que estoy seguro! - y me enfrenté a su mirada..., y me volví débil...

- ¿Aunque yo sólo sea un sueño? - acarició con sus palabras mi oído - ¿Aunque sepas que cuando despiertes, dejarás de tenerme?

Le quise decir tanto, que mis palabras tropezaron entre sí, para volverme nuevamente mudo. Sólo pude asentir con la cabeza.

- Bien. Pues entonces tendrás que confiar en mí. Y lo único que te pido, es que no te muevas del sitio.

Dio media vuelta, dándome la espalda, caminó tres pasos hacia el frente, y desde el borde, se puso a contemplar el paisaje. Bajo sus pies, simplemente rocas. Una garganta de gran profundidad se la hubiera tragado, de no haber sido por aquel saliente en donde ahora mismo se encontraba ella.

Avanzó medio paso más. La punta de sus pies sobresalían y la gravedad ponía todo su empeño en hacerse notar. Me puse tenso. Le grité qué estaba haciendo. Y usó el silencio para contestar.

Miró hacia un lado, y pude ver el sendero de lágrimas que recorría su hermoso rostro. Y se dejó llevar hacia delante...

Sin poder asimilar lo que estaba pasando, mis piernas empezaron a moverse con rapidez para alcanzar la posición de ella, pero ya estaba tumbada prácticamente en el aire y sin ningún apoyo, cuando llegué. Mis piernas, al igual que mi corazón, no quisieron parar, y siguieron avanzando hasta dejar de sentir el rocoso tacto..., para sentir simplemente el vacío...

- Vivir sin ella, sería una muerte perpetua - pensé...

En el empiece de mi caída capté un movimiento por el rabillo del ojo, y al mirar a la izquierda, la vi a ella, de pie sobre el saliente rocoso, y yo mientras, cayendo. Ella, triste, lloraba, y en mi caída me acompañó la última frase que de su boca pude oír:

"Lo único que te pedí, es que no te movieras del sitio".

"Sueño", de Acus.

domingo, 4 de marzo de 2007

La cigüeña y el niño

Érase que se era, una cigueña huérfana, que tuvo una muerte cruel, apedreada en su propio nido, desfigurándole todo el cuerpo...

Y es que, a los pocos meses de nacer, nadie se quería acercar a ella por el hecho de que no la reconocían como una de las suyas. Un considerable mechón azul sobre su ala izquierda, era la causa del rechazo.

A pesar de ser objeto de burlas, su madre estaba ahí, siempre a su lado, sonriendo a su pequeña, y abrigándola con su cercanía. Pero una de las salidas de la madre, se quedó en eso, en una salida, y la pequeña cigüeña supo, o más bien su instinto le dijo, que nunca más sería abrazada.

Cada hora que pasaba, era una eternidad para la pequeña, que día tras día tenía que sobrevivir. La colonia de cigüeñas en donde había nacido, ya había migrado hacía tres días, dejándola abandonada a su suerte. Ella, voló y voló, hasta llegar a una pequeña playa donde, a parte de rocas, se erguía un viejo y alto puesto de guardacosta, ya en desuso. Era un mástil con escaleras, donde en la parte más alta, se distinguía una pequeña plataforma circular con una barandilla oxidada.

Allí se instaló, y pudo comprobar lo gratificante que era ser acariciada por los suaves y cálidos vientos provenientes del sur.

Su vida se convirtió en rutina. A primera hora de la mañana y a primera de la tarde, se iba de buffet libre por los charcos encerrados entre las rocas. Con suerte, se podía topar con algún pececillo que no era consciente de su destino. En otras ocasiones, trozos de algas y alguna piedra, era lo único que recorría su aparato digestivo.

A mediodía, siempre trataba de adecentar con hojas y ramitas varias, su pequeña morada. Si encontraba algo con colores vivos, lo usaba para decorar su espacio. Y la noche, envolvía de pesadillas a nuestra querida cigüeña, mientras la marea alta de sus lágrimas la inundaban por dentro.

Una mañana, se despertó por un ruído próximo al mástil. Miró hacia abajo, y vio un pequeño ser humano, que por su constitución, debería ser más bien un cachorro. Fue tan grande el susto, que movió su nido, y una de las ramitas cayó delante del niño. Este miró hacia arriba, vio a la cigüeña, abrió la boca de par en par y se fue corriendo.

Al cabo de un cuarto de hora, volvió con una servilleta envuelta entre sus manos. La dejó a varios pasos del mástil, la extendió y se fue.

La cigüeña no sabía qué hacer. ¿Qué era aquello que había en esa especie de "alga" con cuadros azules y negros?, se preguntó. Su curiosidad venció a su miedo, y bajó hasta la roca más próxima a la servilleta del niño, mientras no dejaba de mirar de un lado a otro. De lo primero que se dio cuenta, es de que olía bien. Al principio, picoteó esa extraña alga, pero no fue de su agrado, sin embargo, lo que había encima..., ¡estaba buenísimo! No había comido algo así en su vida.

Varias semanas pasaron, y el niño no faltó a su tarea de llevarle comida a la cigüeña. Y esta, empezó a sentir cierto embrujo por el pequeño animal sin alas que le llevaba alimentos todos los días. Y en uno de ellos, y antes de que el niño extendiera la servilleta, la cigüeña voló a tierra y se quedó a unos cuatro metros de él. El niño se alejó de la comida, pero esta vez no se marchó. Se sentó en una roca, miró al ave y sonrió.

Día tras días, el niño se sentaba más cerca de la comida, hasta que llegó un momento en que, de haberlo querido, habría acariciado a la cigüeña. Para ambos, las sensaciones causadas por la cercanía del otro, eran todas agradables.

La felicidad de aquel niño crecía y crecía por tener un "amigo" que no se burlaba de su físico. La mitad de la cara la tenía quemada debido a un antiguo incendio en su casa, y los dedos de ambas manos, los tenía deformados. Entre ambos, el respeto era total, y las miradas, la mejor conversación. La aceptación del niño por parte de la cigüeña, supuso unos pequeños y suaves picotazos en las manos de él, a modo de saludo. Con el tiempo, el niño llegó a olvidar sus deformaciones, porque a ella, no le importaban. La cigüeña tampoco se avergonzaba de su mechón azul, porque a él, no parecía disgustarle, más bien todo lo contrario.

El día en que murió la cigüeña, como todos los días, el niño fue a visitarla. Pero no fue solo. Tres chicos que solían burlarse de él, le vieron dirigirse a la playa, y se fueron tras él, para divertirse un rato. Y vieron a la cigüeña.

Esa noche, cuando ella dormía, los tres chicos subieron hasta la plataforma, y uno llevaba una bolsa con piedras. El más fuerte, agarró el cuello de la cigüeña, y lo demás, quedará en vuestra imaginación.

Ahora, sin el amor de su querida cigüeña, volvía a sentirse más deformado que nunca.

"La cigüeña y el niño", de Acus.

Este Cuento Ha Sido Fruto De Las Palabras Enviadas Por Brisa Marina Y Por Anduría, Ganadoras Del I Concurso: "¿Quién es?"

miércoles, 14 de febrero de 2007

El grito

Cualquiera puede dominar un sufrimiento, excepto el que lo siente (William Shakespeare)

Un grito desgarrador se oyó al otro lado de la puerta. Con el cuerpo en tensión, los que se encontraban en la pequeña sala circular, no podían ocultar su nerviosismo. Los lamentos y quejidos eran cada vez más desesperados.

Un grito, esta vez entrecortado por las lágrimas, se oyó. Su tiempo se estaba agotando, y eso lo sabían todos, y todos entrarían por aquella puerta esa oscura tarde...

Un grito, ya sin apenas fuerzas, traspasó la puerta. Al poco, el silencio se hizo tan intenso, que los oídos empezaron a sentir dolor. Nadie se movía. Todos sabían que habían acabado con él.

- ¡Qué afortunado ha sido! ¡Han estado muy poco tiempo con él! - susurró uno de los jóvenes que se encontraban en aquella sala.

La puerta se abrió crujiendo su madera. El chico que había hablado anteriormente, se levantó sin demasiada prisa. Era su turno. Se oyeron suspiros de alivio, aunque, sabían que era un simple aplazamiento, ya les tocaría a ellos.

Avanzó hacia la puerta casi arrastrando sus piernas. Éstas estaban contraídas de los nervios. Cruzó el umbral, y la puerta se cerró con un golpe seco.

En la sala, uno de los jóvenes tuvo el valor de hablar, y lo hizo tan bajito, que otro se acercó para escuchar lo que decía:

- ¿Son ciertos los rumores que he escuchado?

- Sí. Es su primer día depilando...

"El grito", de Acus.

domingo, 11 de febrero de 2007

Dos enamorados

La edad no protege del amor. Pero el amor protege de la edad (Jeanne Moreau)

Esta es la historia de dos enamorados.

Se quieren tanto, que no hacen falta palabras para entender lo que el otro está pensando. Cada gesto es observado por el otro con extremo cariño. Cada palabra pronunciada, es una caricia tierna en los oídos de la pareja.

Siempre van de la mano, llenando las calles de ilusión y de sonrisas. Siempre miran hacia el futuro, hablan de sus proyectos, comparten sus sueños...

Esta es la historia de dos enamorados que saben el verdadero significado del amor.

Se quieren tanto, que con sólo la felicidad del otro, se puede conseguir la felicidad propia. Cuando uno se convierte en lágrimas, el otro lo hace en seco y cálido paño.

Siempre escuchan lo que el otro tiene que decir, discuten sin miedo a reconocer que el otro tiene razón, saben pedir perdón, aunque no les hace falta pedirlo. No entre ellos. Se quieren, se aman, están entregados el uno al otro, son amigos, amantes, cómplices de sus abrazos y experiencias...

Esta es la historia de dos enamorados y vecinos míos, donde cada uno supera ya los ochenta años.

"Dos enamorados", de Acus.

sábado, 3 de febrero de 2007

Voces

Ocurre con la gente de mente pequeña lo mismo que con las botellas de cuello estrecho. Cuanto menos contiene, más ruido hacen al vaciarlas (Alexander Pope)

No paro de oír voces.

El problema es que están en mi cabeza.

Llevo toda la mañana intentando buscar una solución.

No quiero comentárselo a nadie, no quiero que me tachen de loco.

Quizá sea algo pasajero, qué se yo, esperaré un rato más.

Me están taladrando la cabeza, no aguanto.

Llevo quince horas así.

Me acabo de meter en un vacío callejón.

No hay nadie, es de noche, y todavía no quiero ir a casa.

Vuelven las voces, miro a la izquierda y a la derecha y no hay nadie.

A lo lejos, una extraña silueta avanza despacio hacia mí.

Quizá esté empezando a tener visiones.

Ya no sé qué es real.

Se aproxima, y tranquilizo a mis nervios.

Es un chico con su bici al hombro y una mochila en el otro.

Para mi sorpresa, se para delante de mí y me habla..., pero no le oigo.

Suelta su mochila, y veloz, aproxima su mano hasta mi cara.

Dolor. Algo ha arrancado, pues mi oído llora.

Los ruidos me envuelven.

El chico vuelve a hablar pero suena a trueno.

Salgo corriendo mientras un cable golpea sin cesar, mi pecho.

Rápido, me vuelvo a poner los auriculares para protegerme del ruido.

Ese desgraciado, se merece el peor castigo que pueda existir.

Vuelvo a escuchar nuevemente las voces.

Es mejor que oír al mundo.

"Voces", de Acus.

sábado, 13 de enero de 2007

El escondite

He sido un hombre que busca y aun lo sigo siendo, pero ya no busco en las estrellas y en los libros, sino en las enseñanzas de mi sangre (Hermann Hesse)

“..., ocho, nueve, diez…”

No podía ver. Algo le tapaba los ojos. Quizá su honestidad.

“…, dieciséis, diecisiete…”

Solo, de pie, frente a la pared. Apoyaba su cabeza en su brazo derecho.

“…, veintitrés, veinticuatro…”

El único sonido que le llegaba, era el de su propia voz. Su retahíla acabaría en breve.

“…, y treinta”.

El tiempo se acabó. Hizo una inspiración profunda y gritó:

“¡Que voy!”

Con suma tranquilidad, pero con paso decidido de saber dónde está lo que busca, entró en la habitación más grande para abrir el armario empotrado. Pero allí no estaba. Buscó debajo de las camas, detrás de las puertas, en la terraza, y siempre con el mismo resultado. No estaba allí. Llegó a revisar los cajones, las estanterías y la bañera, y al hallar una prolongada ausencia, se quedó pensativo.

Pasaron unos minutos y dedujo que en la casa no estaba. Pero claro, ¿por qué no se le habría ocurrido antes? Seguro que tenía que estar en la calle. Así que comenzó a buscar en cada portal, subiendo y bajando cuantos pisos tuviera, debajo de los coches y detrás de cada árbol.

Después de un par de horas, dedujo que en la calle no estaba. Pero, claro, ¿por qué no se le habría ocurrido antes? Seguro que tenía que estar en el pueblo. Así que comenzó a buscar en cada garaje, detrás de cada estatua y dentro de los supermercados; en cada jardín, en cada kiosco y en cada parada de autobús, sin hallar el más mínimo rastro de ella.

Al cabo de las tres semanas, dedujo que en el pueblo no estaba. Pero, claro, ¿Por qué no se le habría ocurrido antes? Seguro que tenía que estar en la ciudad. Así que se comenzó a buscarla en cada museo, en cada taller y en el aeropuerto, realizando una búsqueda exhaustiva en cada sala y en cada avión; buscó en cada bar, dentro de los hoteles y detrás de cada columna.

Pasaron los años, y dedujo que en la ciudad no estaba. Pero, claro, ¿por qué no se le habría ocurrido antes? Seguro que tenía que estar en el país. Así que comenzó a buscar en cada pueblo, en cada camino de cabras y en cada plaza mayor; en cada río, en cada estación de tren, y en cada perfumería, y siempre hallando su ausencia.

El frío invierno por el que estaba pasando, y el hecho de haber estado buscándola durante más de 60 años, fueron los principales factores que empezaron a calar en su cuerpo, haciéndole sentir, por primera vez, vulnerable. Abandonó su búsqueda, e inició un viaje de regreso a casa con las manos en los bolsillos a causa del temporal, lo que propició el que se encontrara un papel en uno de ellos y que leyó: “ESTOY CERCA”. Sus ojos no daban crédito a la nota, pero sin perder ni un solo segundo, se descalzó y pudo comprobar que no, que ella tampoco estaba allí. Se miró en el bolsillo de su camisa y tampoco, pero al hacerlo, notó sus latidos, y pudo comprobar que estos eran muy fuertes, y con tranquilidad, marchó rumbo a su casa, con una sonrisa de oreja a oreja, pues la había encontrado, siempre había estado en su corazón.

"El escondite", de Acus.

miércoles, 20 de diciembre de 2006

Un gran trabajo

La maravilla de un solo copo de nieve supera la sabiduría de un millón de meteorologistas (Sir Francis Bacon)

"¿Es normal lo que estamos haciendo?" - Le preguntó a su compañero.

"No te entiendo. Pensé que disfrutabas con este trabajo".

"Bueno, en cierto modo sí, pero también soy consciente de que cada vez tenemos menos trabajo, no sé si será momento de buscar otra cosa. Cada vez, menos de nosostros vuelven a repetir".

"Ya, claro" - le secundó - "pero eso es porque los que continúan, realmente creen en lo que hacen, y no les importa sacrificarse para cumplir así su cometido. Ya sabes cual es nuestra misión".

"Sí, sí, y si estoy aquí, es porque me encanta ver esa chispa de ilusión que se asoma en los ojos de las personas cuando me ven llegar".

"Y no te olvides de las risas de los más pequeños cuando se ponen a jugar contigo" - le recordó su compañero".

"Es verdad, y me da miedo que llegue el día que no pueda estar con ellos" - sentenció con un tremendo sentimiento de preocupación.

"Y seguro que llegará ese día. Pero ahora no debes pensar en eso. Es algo que no ha pasado aun. Ahora tienes que estar alegre porque de nosotros depende el reforzar la ilusión de las personas y divertir a los que poseen espíritus jóvenes y entusiastas".

"Tienes razón. Tenemos que demostrar que este año vamos en serio, para sacar las mejores sonrisas".

"¡Así se habla!" - gritó. "¿Sabes? Me alegro de haberte conocido en este viaje. Ojalá te vuelva a ver en otro momento".

"Eso espero yo. Ha sido todo un placer".

Y los dos copos de nieve, cayeron con fuerza sobre el alfombrando blanco que cubría el patio de un colegio.


Felices Fiestas A Todos. Es Un Placer Haberos Conocido En Este Viaje Por Los Blogs. Cuidadín Con Las Uvas, No Os Atragantéis; Que Se Cumplan Todos Vuestros Deseos, Y..., Si No Se Cumplen, Entonces Hacedlos Realidad Por Vosotros Mismos Que Sois Capaces De Eso Y Más. Nos Seguimos Leyendo El Próximo Año.

Un Abrazo Lleno De Afecto A Cada Uno De Vosotros.

"Un gran trabajo", de Acus.

martes, 19 de diciembre de 2006

No sé lo que me pasa

La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo (Gilbert Cesbron)

No sé lo que me pasa.

Hay momentos en los que me quedo petrificado, con la mente en blanco, sin saber qué hacer, ni a dónde dirigirme. Sin ni siquiera saber por qué estoy así, sin poder explicar lo que me paraliza.

A veces, parace que dejo de avanzar, y sólo consigo andar como los cangrejos. Siempre hacia atrás, dándole mi espalda a todo, como si quisiera volver al punto de origen.

Hay días, que mi avance es tan lento, que llego a gastar varias horas, hasta que consigo levantarme del sofá. En esos días, para intentar dormir, sólo tengo que contar una oveja, ya que debido a su relentizado paseo y posterior salto a la valla, me da tiempo de cerrar los ojos y dormir..., pero se cierran tan despacio...

Sin embargo, muchas veces me siento acelarado, hasta tal punto, que no me he podido percatar de muchos de los detalles en los que a diario me fijo.

Creo que también padezco algún tipo de trastorno. En algunas ocasiones, me encuentro hablando de una forma extraña, que ni yo mismo comprendo. Y sin embargo, parece que a mí sí que me entienden.

Y por si esto fuera poco, también sufro pérdidas de memoria. De repente, mi conciencia puede despertar en un parque, cuando lo último que recordaba era estar preparándome el desayuno.

Aunque sospecho.

Nunca me ha dado buena espina aquel cuadrado negro que permanece constantemente a mi lado, haga lo que haga, y vaya a donde vaya. Parece que la gente no se da cuenta de él. Un día, me quedé mirando fíjamente el cuadrado de color negro abismo, y cuando mi vista se acostumbro a su dolorosa sensación de vacío, pude ver a unas personas que me estaban mirando fíjamente, y que en su mano tenían una especie de varita ancha con motivos escritos en relieve, y fui consciente los segundos suficientes para darme cuenta de que, de alguna manera, ellos podían hacer que yo estuviera...

Y por si esto fuera poco, también sufro pérdidas de memoria. De repente, mi conciencia puede despertar en...

...


"Cariño, este dvd está rayado, siempre se vuelve para atrás en este punto, vamos a la tienda a descambiarlo".

"No sé lo que me pasa", de Acus.

domingo, 10 de diciembre de 2006

La papelería

El amor es un crimen que no puede realizarse sin cómplice, (Charles Boudelaire)

Por aquella estrecha acera, íbamos los dos en la misma dirección, pero en sentidos opuestos. Antes de cruzarnos, ella se giró y entró en una papelería que era bastante conocida en aquella zona. Tres pasos más y también entré yo.

La fotocopiadora de mi oficina se había estropeado, y tenía que hacer bastantes copias de unos documentos importantes para enviar ese mismo día. No los hubiera enviado, si la boca de aquella chica me lo hubiera pedido.

El pelo rubio le salpicaba los hombros y sus ojos color miel invitaban a uno a convertirse en abeja. Llevaba unas finas y rojas gafas que le quedaban muy bien. Aunque no lo aparentaba, tenía que tener prisa, ya que los dedos tamborileaban arítmicamente sobre su carpeta negra.

Después de veinte minutos de espera, y de que ella hubiera estado fotocopiando con su mirada cada rincón de la tienda, ya sólo quedábamos los dos, justo cuando la dependiente colocaba el letrero de "cerrado" en la puerta. Se giró hacia nosotros y preguntó quién era el siguiente, y con rapidez olímpica, la chica de los ojos color miel me miró, mientras pronunciaba el pronombre "él", con un brillo en los ojos que gritaba "no digas la verdad, por favor", como cuando un alumno se echa las culpas al encubrir a un apreciado compañero suyo.

Su mirada nos convenció tanto a la dependienta como a mí, así que empezó a realizar las copias de los documentos que yo traía. Miré a la chica de la carpeta negra, sin decirle nada, con una sonrisa de oreja a oreja, aunque ella no me estaba mirando. Sentía que algo le preocupaba.

Pagué, recogí mis copias, ella empezó a sacar las hojas que quería fotocopiar, me empecé a dar la vuelta, giró su cabeza para no verme, yo la giré buscando la puerta de salida y así empezar a partir, ella le entregó las hojas a la dependiente, abrí la puerta, sentí sus nervios, sentí el frecor de la calle, mis pies empezaron a abandonar la tienda, aunque mis recuerdos aun seguían dentro, y en cuestión de minutos llegué a casa.

Al día siguiente, la volví a ver, era ella sin duda, nunca podría olvidar esa cara. Allí estaba yo, sentado en mi sofa, ella delante de mí, a escasos tres metros. Las noticias hablaban de un atraco a una papelería, y pusieron una foto de ella...

"La papelería", de Acus.

jueves, 16 de noviembre de 2006

Cruce

Lo peor que puede hacerse es cruzar el precipicio en dos saltos (David Lloyd George)

De él, conocía parte de su vida. Era un tipo alegre, sin complejos, con un modesto trabajo en un kiosko de prensa, aunque él siempre decía que su trabajo consistía en culturizar e informar a la gente sobre lo que nos rodea. Nunca llamaba a las cosas por su nombre. Su perro, era su pequeña joya; cuando iba a la panadería, decía que iba a viajar al paraíso de los sentidos, e incluso, cuando tenía que ir al baño, su frase era "algunos de mis fluídos van a emigrar".

De ella, no se sabía más que una sola cosa: todos los días, a la misma hora, pasaba por una pequeña calle ascendente, en la que no había más que una peluquería y un pequeño jardín.

Él, como tantas otras veces, se dirigía a su kiosko por el mismo camino de siempre (en vez de camino, él decía que todas las mañanas hacía una marcha por una "senda laboral"), y como de costumbre, pasaba por una pequeña calle descendente llamada (por él) la calle "mágica", porque a la vuelta del trabajo se encontraba la inclinación al revés, y en donde sólo existía una peluquería ("podadora humana") y un jardín chiquitito, el cual, en los días más calurosos, era regado por el chico con una pistola de agua mientras no paraba de andar.

Ella, como no, a esa hora exacta, subía la calle, como siempre...

Para él, no fue como siempre. En esta ocasión, por primera vez, le pareció conocida una cara, la de ella. ¿La habría visto en algún otro lugar?

Para ella, es posible que fuera un día más, es algo que nadie sabe.

Día tras día, él volvía a cruzarse con ella, en la misma "gran" calle, junto al mismo "gran parque".

Día tras día, ella volvía a cruzarse con él, en la misma pequeña calle, junto al mismo pequeño jardín.

Por primera vez en su vida, él empezó a llamar a las cosas por su nombre, amor..., era amor.

Por primera vez en su vida, ella iba, a no se sabe dónde, y lo hacía feliz.

"Cruce", de Acus.

martes, 14 de noviembre de 2006

El reflejo de la envidia

El arte es el reflejo del mundo. Si el mundo es horrible, el reflejo también lo es (Paul Verhoeven)

Sus miradas se cruzaron por el rabillo del ojo, el suficiente tiempo para reaccionar ante ese estímulo y poder detenerse. Lentamente, desconcertados, volvieron la cabeza al mismo tiempo y se miraron el uno al otro. El desprecio se palpaba en el aire.

Uno, sentía envidia del otro porque le veía lleno de vida, con un color de piel tan saludable, una imagen tan vital, porque siempre sería consciente de sí mismo, y no se dejaba manejar como si fuera una marioneta...

El otro, sentía envidia del primero, porque gozaba de una vida ajena al sufrimiento, en muchas ocasiones sabía desconectar del mundo, nunca te echaría las culpas, era un acompañante fiel e incapaz de dañar a alguien...

Dándose cuenta de que mantenían la mirada fijamente sobre el otro, giraron rápidamente la cabeza, al mismo tiempo, con una exactitud infinitesimal.

El hombre que se había visto reflejado en el escaparate, siguió vacilante y cabizbajo su camino.

"El reflejo de la envidia", de Acus.

jueves, 9 de noviembre de 2006

El joven de la maleta azul

Un viaje de mil millas comienza con el primer paso (Lao-Tsé)

Cuando subió al tren, recorrió parte del pasillo, para sentarse en el lugar donde su mirada ya descansaba desde que entró. Delante de él, una niña de unos 4 años. Al lado de la niña, pudo distinguir a una chica joven, su hermana debería haber sido, pero la llamada de atención de la niña, usando la palabra "mamá" dirigida a su acompañante, le sacó de dudas, para sumergirle de nuevo en ellas.

¿Qué edad podría tener aquella muchacha? Aún no habría acabado la universidad, y teniendo en cuenta que la niña tendría 4 años...

El chico había tenido un mal día, y además, había estado a punto de salirse de la carretera. Su corazón aun le bombeaba del susto. Mientras recordaba la valla doblada, y la rueda delantera a escasos 2 centímetros del precipicio, un nuevo golpe le devolvió a la realidad: a la niña se le había caído un llavero que tenía forma de labios. Él se agachó, cogió el llavero y se lo entregó a la pequeña.

"Dale las gracias, hija" - le dijo cariñosamente la madre.

"¿Quieres darle un besito?" - preguntó la niña al chico, mientras señalaba su llavero.

" Mejor que me lo dé el llavero a mí" - contestó mientras ponía le ofrecía su mejilla.

Y en un segundo sucedió que la niña acercó el "llavero-labios" a la cara del chico, en ese mismo segundo, la madre miraba al chico con una sonrisa quizá llena de ternura, quizá llena de nostalgia, en ese mismo segundo, el chico posó su mirada en la madre y creyó conocerla de toda la vida.

El joven, siguió jugando con la niña. Alguien que hubiera visto esa escena, y que no los conociese, hubiera asegurado por lo más sagrado, que se trataba de un padre jugando con su hija. De vez en cuando, las miradas de los dos jóvenes se cruzaban tan rápidamente como se descruzaban, y no por ello eran miradas mudas.

El tren paró, el juego con la niña paró, el juego de miradas paró...

Cogió su maleta azul y antes de salir giró la cabeza para decir adiós. La niña estaba agitando su mano, mientras con la otra, le lanzó su llavero. La joven madre tenía los ojos encharcados, pero de gratitud. El corazón del joven estaba bombeando sin cesar, pero esta vez, no del susto del accidente.

El tren se marchó, y nadie de los que había en ese andén, vió bajar a un chico joven con una maleta azul.

"El joven de la maleta azul", de Acus.

miércoles, 25 de octubre de 2006

"Destruyan esa maldita máquina"

El auténtico problema no es si las máquinas piensan, sino si lo hacen los hombres (Frederic Burrhus Skinner)

Logré inventar una máquina del tiempo. Quise retroceder media hora. No funcionó. Salí a pasear.

Desperté de mi siesta. Nervioso, me dirigí al ático. Probé la máquina por primera vez. No funcionó. Salí a pasear.

Al despertar de mi siesta, subí nerviosos al ático. Decidí estrenar la máquina. No funcionó. Salí a pasear.

…

Antes de volverme loco, pude escribir “destruyan esa maldita máquina”.

"Destruyan esa maldita máquina", de Acus.